─Retrospectiva─

El manifiesto de la desconexión

Espacio público


El espacio público es mucho más que un soporte físico: es el ámbito donde se producen la vida colectiva, la ciudadanía, el conflicto y la memoria urbana. Henri Lefebvre, filósofo y sociólogo francés habla del “derecho a la ciudad”, idea que supone el derecho de las personas a intervenir en la producción del espacio urbano y a apropiarse de él según sus necesidades.

En ciudades como Ciudad de México, la mercantilización del espacio público transforma al habitante en cliente y desplaza muchas formas de sociabilidad hacia pseudo-espacios públicos privados, controlados y excluyentes, como centros comerciales o complejos residenciales. Al mismo tiempo, en plazas y centros históricos se intensifican los conflictos entre políticas de “rescate” patrimonial, intereses inmobiliarios y usos populares del espacio, como el comercio informal y la protesta social. La disputa por el espacio público es, en el fondo, una disputa por quién puede estar, qué puede hacer y quién decide sobre el sentido de la ciudad.

Un escenario utópico para Ciudad de México colocaría al peatón y a la vida colectiva en el centro: calles peatonales, redes continuas de ciclovías, limitación drástica del automóvil y de la publicidad exterior, y plazas y paraderos convertidos en infraestructuras cotidianas de encuentro, cuidado y cultura. En esa ciudad, el espacio público funcionaría como un verdadero bien común y un derecho materialmente garantizado: accesible, diverso, gratuito, gestionado con participación colectiva y reconocido como condición indispensable para la democracia urbana y para una vida cotidiana más justa, habitable y compartida.

Derecho a la desconexión


En la actualidad, vivir desconectados del entorno digital parece casi imposible. Las redes sociales, los anuncios, las noticias y las actividades cotidianas se desarrollan principalmente en internet. Estar fuera de estas plataformas muchas veces implica quedar excluido de conversaciones, oportunidades o incluso del reconocimiento social. La vida digital se ha vuelto tan dominante que no participar en ella se percibe como una forma de aislamiento.
Sin embargo, esta hiperconexión no siempre es voluntaria. Las plataformas digitales están diseñadas para captar y retener nuestra atención, generando la necesidad constante de revisar notificaciones, subir contenido o mantenerse al día. Esta presión puede conducir al agotamiento emocional, la comparación constante y el llamado FOMO (fear of missing out), es decir, el miedo a quedarse fuera de lo que sucede online. Por ello, la desconexión ya no debería considerarse una renuncia, sino un derecho.

El derecho a la desconexión significa poder elegir no estar disponible o no participar en entornos digitales sin sufrir consecuencias sociales, laborales o educativas. En una era en la que las plataformas manipulan emociones, hábitos y deseos, este derecho se convierte en una herramienta de protección frente al desgaste mental y la pérdida de autonomía. La sociedad debería garantizar espacios y alternativas fuera de las redes, donde la participación no dependa de la conexión permanente.


Ejercer este derecho implicaría repensar nuestras formas de comunicación, educación y trabajo para que nadie quede excluido por no tener acceso, o por decidir descansar del mundo digital. Construir una era digital mejor no solo significa tener más tecnología, sino crear condiciones más humanas donde podamos elegir cuándo, cómo y por qué conectarnos.

Disidencia Algorítmica


La Disidencia Algorítmica se define como el ejercicio consciente de resistencia frente a la arquitectura de persuasión de las plataformas digitales. No es una simple desconexión, sino una reclamación de la autonomía cognitiva.


Este derecho postula que el individuo no debe ser tratado como un conjunto de datos predecibles, sino como un sujeto capaz de asimilar la complejidad y la contradicción. La disidencia busca restablecer la serendipia (el hallazgo afortunado e inesperado) como motor del conocimiento, frente al determinismo de los sistemas de recomendación.
El propósito central de este decreto es desmantelar la burbuja de filtros, la cual opera bajo tres mecanismos invisibles que limitan el criterio propio:

  • Aislamiento Intelectual: El algoritmo elimina el “ruido” (opiniones divergentes), entregando una versión higienizada de la realidad que refuerza los prejuicios preexistentes.
  • Sesgo de Confirmación Automatizado: Al ofrecernos solo lo que nos gusta, el sistema nos impide ejercitar el músculo de la duda. Si nunca somos desafiados, nuestra capacidad de razonamiento crítico se atrofia.
  • La Tiranía de la Relevancia: El sistema confunde lo “popular” o “interesante” con lo “importante”. La disidencia permite al usuario decidir qué es relevante para su formación, independientemente de su historial de clics.


La disidencia al algoritmo no es un rechazo a la tecnología, sino un acto de soberanía mental. Al legislar o decretar este espacio de “caos controlado” y diversidad informativa, protegemos la capacidad humana de disentir, de cambiar de opinión y de construir un criterio propio frente a la homogeneización del pensamiento digital.

El concepto: Nosotros somos la materia prima


En la era digital, ha surgido un modelo de negocio silencioso pero agresivo conocido como Extractivismo de datos. Al igual que las industrias tradicionales extraen recursos de la tierra, las grandes corporaciones tecnológicas extraen información de nuestras vidas. Cada clic, cada “me gusta”, el tiempo que pasamos mirando una foto e incluso nuestra ubicación (metadatos), son recolectados sistemáticamente.

Para estas compañías, el usuario no es un cliente en el sentido tradicional, sino la materia prima. Nuestra identidad se deshumaniza y se convierte en cifras y patrones de comportamiento que se procesan para predecir qué compraremos, qué pensamos y cómo votamos. El objetivo final es simple: extraer riqueza financiera a partir de nuestra intimidad.

El falso dilema de pertenecer es un desafío crítico al derecho a la privacidad. Las plataformas digitales han creado un entorno donde la participación social parece obligatoria. Se nos presenta un “contrato invisible”: si quieres pertenecer, comunicarte y no quedar aislado del mundo moderno, debes entregar tus datos.

Esta dinámica convierte la privacidad en un lujo, o peor aún, un obstáculo para la vida social. Al negarnos a compartir nuestra información, corremos el riesgo de la exclusión digital, lo que obliga a la mayoría a aceptar términos y condiciones que nunca leyeron, cediendo su autonomía a cambio de conectividad.

Derecho a equivocarse


Una oda a la imperfección humana y al aprendizaje constante:

Vivimos en una cultura obsesionada con el éxito inmediato, la imagen pulida y la respuesta correcta. En este afán de perfección, hemos perdido la libertad de explorar. Por ello, hoy nos rebelamos contra la tiranía de lo “impecable” y reclamamos nuestro derecho fundamental a fallar, tropezar y volver a empezar.

Los principios

1. El error es un dato, no una sentencia Declaramos que equivocarse no define nuestra valía como personas. Un error es simplemente información: nos dice por dónde no es, para que podamos descubrir por dónde sí es.

2. Rechazamos la parálisis por análisis Preferimos la acción imperfecta a la inacción perfecta. Es mejor hacer algo torpemente y mejorarlo después, que no hacer nada por miedo a que no salga bien a la primera.

3. El “Borrador” es un estado sagrado Nos damos permiso para ser desordenados, incoherentes y caóticos en las primeras etapas de cualquier proceso. La vida es un borrador constante; nadie publica la versión final sin tachones.

4. La vulnerabilidad es valentía Admitir “no sé”, “me equivoqué” o “necesito ayuda” no es debilidad; es la máxima expresión de coraje y honestidad intelectual.

5. Celebramos el “Casi” Aplaudimos el intento. El “casi lo logro” es más valioso que el “nunca lo intenté”. En cada fallo reside la semilla de la innovación; sin el riesgo al ridículo, no existe la genialidad.

Derecho a la relajación


El derecho al aburrimiento y a la inacción. No es un acto de negligencia sino la máxima expresión de la libertad; una parte esencial de la vida que nos permite recuperar el tiempo frente a la tiranía de la hiperactividad. Es una virtud de la quietud y la tranquilidad ofrecen y deben ejercerse en todos los espacios de la cotidianidad: desde el hogar, transformado en santuario de contemplación, hasta el trabajo, donde debe recordarnos que somos seres humanos y no herramientas de engranaje, extendiéndose incluso a los espacios públicos como lugares para simplemente estar sin la obligación de consumir o transitar. Al defender el aburrimiento como una fortaleza, rechazamos la idea de que sea una desobligación; por el contrario, es el terreno donde el alma se reconoce a sí misma, pues solo quien es capaz de habitar su propio silencio y vivir sin un objetivo claro por un instante está verdaderamente preparado para manejar la vida y enfrentar con entereza los embates del destino.

Lo que antes conocíamos como “aburrimiento” ha sido catalogado erróneamente por los algoritmos de productividad como una “falla en el sistema”. Sin embargo, la ciencia post-digital es clara: el cerebro necesita el ruido blanco del desinterés para evitar el colapso sináptico.

Sin aburrimiento, el cerebro es como un motor que nunca se apaga para cambiar el aceite: eventualmente, se quema. La ansiedad y el agotamiento crónico (burnout) no son fallos del individuo, sino la respuesta lógica a un entorno que prohíbe el esparcimiento analógico.

R E T R O S P E C T I V A

MANIFIESTO DE UNA UTOPÍA

POR NUESTRO TIEMPO Y NUESTRA HUMANIDAD

Preámbulo:

Nosotras las personas somos más que datos procesables y métricas de productividad, nos reunimos para declarar que el futuro no está escrito por corporaciones, sino que es un territorio en disputa. Rechazamos la idea de que la tecnología debe explotar nuestros cuerpos y mentes. Nos negamos a ser engranajes de una maquinaria que no duerme.

Hoy, ante la exigencia de la inmediatez y la perfección algorítmica, proclamamos nuestra soberanía sobre nuestro tiempo, nuestros errores y nuestros espacios.

I. DERECHO A LA RELAJACIÓN
Contra la tiranía de la productividad perpetua.


Declaramos que el descanso no es una recompensa por haber producido, sino un derecho biológico y espiritual.
Exigimos: El fin de la glorificación del “burnout”.
Proclamamos: Que mirar al techo, soñar despiertas y no hacer “nada” son actos de resistencia política contra un sistema que mercantiliza cada minuto de nuestra vida. La pereza creativa es la madre de la imaginación cívica.


II. DERECHO A LA PRIVACIDAD
Contra el extractivismo de nuestra intimidad.


Nuestras vidas, conversaciones y afectos no son materia prima para el entrenamiento de inteligencias artificiales ni mercancía para anunciantes. La privacidad es la dignidad de no ser observadas.
Exigimos: Tecnologías que nos protejan por defecto, no que nos expongan.
Proclamamos: Que tenemos derecho a la opacidad. A que nuestras búsquedas, miedos y deseos permanezcan en nosotras y nuestras comunidades, libres de la mirada vigilante del “colonialismo de datos”.


III. DISIDENCIA AL ALGORITMO
Contra la caja negra que decide por nosotras.


Nos rebelamos contra los algoritmos que determinan qué vemos, a quién conocemos y qué oportunidades merecemos. No aceptamos que una fórmula matemática defina nuestra realidad.
Exigimos: Transparencia radical. Queremos saber por qué se nos muestra lo que se nos muestra.
Proclamamos: El derecho a confundir al algoritmo, a salirnos de la fila, a ser impredecibles y a rechazar la categorización automática que simplifica nuestra compleja humanidad.


IV. DERECHO A LA DESCONEXIÓN
Contra la disponibilidad 24/7.


Nuestra atención es un recurso finito y sagrado. No somos dispositivos de “siempre encendido”. El trabajo y las notificaciones no tienen permiso para invadir nuestra cena, nuestro sueño ni nuestros fines de semana.
Exigimos: Respeto absoluto a los límites temporales. Un mensaje enviado fuera de horario es una agresión a nuestro tiempo de vida.
Proclamamos: Que apagar el celular es un acto de salud pública y defensa personal. El silencio digital es el nuevo suelo fértil para el pensamiento profundo.


V. DERECHO AL ESPACIO PÚBLICO
Contra la privatización de nuestros encuentros.


Reclamamos la ciudad y la red como espacios comunes, no como escaparates publicitarios. Queremos plazas (físicas y digitales) donde podamos estar sin pagar y sin ser rastreadas.
Exigimos: Infraestructuras comunitarias donde la interacción no esté mediada por el lucro.
Proclamamos: Que el parque, la banqueta y el foro comunitario son lugares para la fricción, el juego y el encuentro fortuito, libres de cámaras de vigilancia y algoritmos de reconocimiento facial.


VI. DERECHO A EQUIVOCARSE / FALLAR
Contra la estética de la perfección higienizada.


En un mundo de filtros y ediciones impecables, reivindicamos la belleza del error, el borrador, el glitch y la mancha. No somos robots optimizados; somos seres orgánicos que aprenden tropezando.
Exigimos: El fin de la cultura de la cancelación automática y la vigilancia del error.
Proclamamos: Que fallar es aprender. Que tenemos derecho a cambiar de opinión, a contradecirnos y a no tener una “marca personal” coherente. Nuestra imperfección es la prueba de nuestra humanidad.
Este manifiesto no es un punto final, sino un comienzo. Es una invitación a hackear la normalidad, a cuidar a nuestras compañeras y a imaginar futuros donde la tecnología sirva a la vida, y no al revés.

Acerca del proyecto

Este manifiesto forma parte de un proyecto desarrollado por alumnos de la Especialidad de Diseño Multimedia en la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y cuyo objetivo es criticar las actuales dinámicas de control que ejercen los monopolios tecnológicos. Es una actividad que nos invita a imaginar los posibles escenarios del futuro desde una perspectiva comunitaria, crítica y afectiva.

Cinthya Priscila Ordaz Guido | Cynthia Medina Camarena | Israel David Mendoza Solano | Luis Alberto Barrera Tolentino | Michelle Itzel Vera Cisneros | Oliver Axel Salazar Mosqueda | Sara Paredes Ortega

Actividad desarrollada por Alejandra Mateos, docente del INBA.